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Simplicidad consciente en nuestro día a día

O ser conscientemente simple, lo que equivale a ser ligero, tras el proceso o trabajo personal de aclararse un@ (de quitarse de encima lo que le oscurece).

Porque todo lo que vive no está separado del resto. Lo que Es, y en particular entre todo lo que es, cada ser humano, es una expresión única en interacción continua con el resto de fenómenos. Así que para saber lo que somos necesitamos incluir todo lo demás. Somos células dentro de una danza cósmica. Somos expresiones de una misma fuente u organismo que nos necesita. Nada en la naturaleza existe por sí mismo ni tampoco para sí mismo. Un árbol existe, entre otras causas, gracias a los minerales y nutrientes de la tierra. Del mismo modo, él nos da sombra y alimento, acoge los nidos de los pájaros...

Sin embargo, hemos crecido bajo la creencia de un ser humano como individuo separado, forzado a vivir en un mundo inhóspito y de lucha. De ahí que la metáfora de control y dominio de lo otro, constelada en una imagen de abundancia equivalente a acumulación, haya sido el paradigma del éxito, especialmente en nuestra cultura occidental globalizada. Una verticalidad en la que solo triunfan aquellos supervivientes que logran colocarse por encima de todo lo demás, dentro de un sueño colectivo de progreso a cuyo dramático final estamos asistiendo.

Y no somos eso, sino los eslabones de una misma cadena llamada “vida”. Una vida en la que cada ser es único, y por lo tanto necesario. Una vida cuyo imperativo es “sé” y “vive”, para que la cadena o el sistema que es esa vida esté continuamente nutrido y sus conexiones no lleguen nunca a secarse, endurecerse, y de este modo no se pare.

La vida, por tanto, no distingue entre tuyo y mío, ni por tanto entre alto y bajo, superior e inferior, bueno y malo, mejor o peor. No enjuicia, es justa en sí misma. Ella depende solo de que cada célula de su tejido “sea”, es decir, exprese lo que es. Al hacerlo cada átomo de vida estará desempeñando su papel indispensable dentro del sistema al que pertenece. Hablamos ahora de una imagen de éxito horizontal, basada en la cooperación, en un sentido del yo amplificado o ecológico, más allá de los prejuicios de un yo meramente individual y aislado. Al ser quienes somos en esencia estaremos cooperando con la vida, con todos los seres vivos.


Pero para poder vivir verdaderamente cada ser humano debe antes que nada ser simple, es decir, llegar a ser solo lo que “verdaderamente” es. Quitarse todo lo que le echaron encima desde antes de nacer... Y en ese recordarse continuo vivirá su esencia, su pureza, aquello que le hace único a los ojos de la fuente, es decir, indispensable dentro del sistema de la vida.

De ahí que para vivir viviendo nuestros dones, cumpliendo nuestras tareas, debamos antes saber quiénes Somos, con mayúscula. Lo que solo aparecerá ante nosotros tras un largo y penoso proceso de autodescubrimiento, un laborioso trabajo de limpiarnos de todas las voces que nos contaron lo que en apariencia debíamos ser (para adecuarnos al patrón familiar, social y cultural): padres, amigos, vecinos, medios de comunicación,...

Y mientras vamos dejando atrás esas imágenes, nos vamos vaciando de ruido externo, aligerándonos hasta aparecer simples, como puras expresiones de un todo, que entonces se reconoce en cada un@ de nosotr@s. Una fuente que ahora va regando la vida a cada paso nuestro.

Solo entonces, cuando vivimos verdaderamente lo que somos, podremos decir en consciencia que somos simples como un niño, porque nuestros ojos al fin son limpios como los suyos, y ahora son los ojos de la vida. Nuestras manos, sus manos. Y aunque hay un trabajo arduo que hacer, que implica el dolor de despojarnos de las capas de piel que fuimos acumulando para vivir en un mundo competitivo e inhóspito, todos lo lograremos si damos rienda suelta a nuestro anhelo original de Ser, y en consecuencia lo buscamos.

Porque desde el primer día de nuestra vida estamos listos para vivir. Nacimos sin pecado, con todas la herramientas necesarias para ser lo que somos, y al hacerlo, encajarnos como piezas del engranaje fundamental de la vida, alimentándola, asegurándonos de este modo su continuidad. Por eso, todos los elementos de la vida conspiran en una danza cósmica, para que tú puedas “Ser”, y tus experiencias son solo expresiones de ese anhelo.

Para concretar en nuestro a día a día esta ristra de frases que bien podrían parecer una abstracción inviable, es decir, palabras vacías complicadas de plantar en la tierra, pondré el siguiente ejemplo. Antes, indicar que la pista para el discernimiento está siempre en tomar nuestras decisiones buscando soluciones que refuercen sistemas horizontales de cooperación, basados en relaciones de confianza. Ya no nos interesa seguir empoderando las viejonas estructuras verticales de poder, establecidas sobre el control y la sumisión, bajo el supuesto de escasez de que los seres no son suficientes en/por sí mismos. O lo que es lo mismo: busca siempre que el al amor gane al miedo, el nosotros, nos, nuestro, al yo, me, mío.

Dicho esto pongamos el siguiente ejemplo. Nos serviremos de una actividad cotidiana como la de cocinar, cuyo escenario nos permite varias veces al día, día tras día, practicar conscientemente la simplicidad: Hoy quiero hacerme un guiso de patatas porque tengo patatas en la despensa que me vendría bien gastar. Sin embargo me gustaría aderezarlo con un poco de tomate, aunque no tengo. Por tanto, si aún sigo firme en mi idea de comer patatas con tomate, la decisión de hoy será ¿dónde o cómo adquirir tomate?. Lo ideal es tener nuestro propio pedacito de tierra con unas pocas hortalizas, entre ellas tomate y patatas. Al hacerlo nos estaremos alimentando de lo que la estación nos ofrece, fluyendo con los flujos naturales, y si es verano, un tomate vendrá como anillo al dedo. Pero hoy es invierno y a pesar de todo me gustaría poner un poco de tomate en el guiso aunque no tengo apenas tiempo para elaborar mi propio tomate, a la vuelta del trabajo. Además, no tod@s tenemos la posibilidad de tener nuestro propio huerto en casa (si bien hay huertos verticales estupendos en las terrazas de apartamentos urbanos, y siempre está la opción de ser socio de una cooperativa local de agricultores (biológicos o no), en casi todas las ciudades, para recibir sus cestas de productos).

¿Cuál decisión sería la más apropiada para hacerme con el tomate, en el sentido de la más simple y consciente? (por supuesto hay numerosas opciones, pero permítaseme indicar solo tres, suficientes para ilustrar nuestro ejemplo). Recordemos que con nuestra decisión podemos elegir dar un paso afuera de nuestra cultura de escasez y dependencia.

Como la vida no es una lucha, puesto que todos somos diferentes y necesarios, lo ideal es buscar soluciones que nos ofrezcan la mayor autosuficiencia y bienestar, recordando siempre que nuestra prosperidad también debe replicar la de todo lo demás, pues nada está por encima de nada:

  • Opción A: Ir a una gran superficie de un centro comercial a comprar el tomate ya frito, envasado en tetrabrik, en un pack de oferta compuesto de tres envases unidos en un mismo plástico.

  • Opción B: Ir al supermercado de la esquina a comprar una lata de tomate triturado en crudo.

  • Opción C: Ir a la tienda del vecino a comprar tomates de la cooperativa local, para freírlos y hacerlos puré.

¿Qué pensáis? Seguro que tod@s sabéis inmediatamente cuál de las tres opciones es la más saludable (entendiendo por salud todo aquello que me hace verdaderamente bien a mí, y por tanto a todos los engranajes de la vida, es decir, a todos los seres).

Aunque tal vez no tod@s estéis disponibles para cumplir con la tarea de cuidaros de la mejor manera posible. Puede haber razones “de peso”, tales como: no tengo tiempo de cocinar. Entonces puede que el tomate triturado crudo, que parece una opción intermedia y cómoda, sea vuestra opción elegida, o sencillamente, ir a la salida del trabajo al centro comercial porque después de todo me supondrá menos estrés... Como veis, la simplicidad consciente no es algo fácil, pues implica un doble compromiso: no solo el de pasar por todo un proceso de despojo o desnudez inconfortable hasta dar con la raíz de lo que somos, sino también el de honrar y nutrir día tras día esa raíz, una vez que hemos dado con ella.

El primer compromiso, tal como venimos explicando, implica la tarea de aligerarse con consciencia. El segundo, la honradez de ser coherentes con lo que sabemos, es decir, con lo que nos hemos encontrado. Nunca se trata de ser sencillos, porque cuando lo somos buscamos siempre lo más fácil o cómodo, lo que nunca será lo más simple. Lo simple es frustrante porque aparentemente es difícil ya que implica un ejercicio continuo de autenticidad, pero lo cierto es que también es lo más verdadero, y por eso merece mucho la pena. Por tanto, no nos engañemos y hagamos siempre lo que sabemos que es mejor para mí y para todos (porque mi salud es buena para el sistema, y el equilibrio de este ayuda a su vez a mantener el mío).

Sin duda, a estas alturas tenéis claro que de las tres opciones la más saludable, es la tercera. Pero ¿quién está dispuesta a seguirla? Porque no está exenta de cierta incomodidad. Veamos:

En la opción A, hay una alta probabilidad de que el tomate provenga de regiones del mundo que ni siquiera conocemos (y puede que jamás lo hagamos). Su largo viaje hasta nosotros es altamente contaminante y poco sostenible. Además, está cocinado con una receta que desconocemos (muchos de sus ingredientes son saborizantes químicos y conservantes incomprensibles de los que poco sabemos). Por otro lado, de entre todas las

opciones, es el envase menos sostenible (por la cantidad de energía empleada en hacerlo) y porque es más difícil de reciclar. También es el más caro no solo por el viaje que debe realizar para llegar hasta nuestra ciudad, sino también porque necesitamos consumir carburante extra para trasladarnos hasta el centro comercial, lo que sin duda también es más contaminante. En adición, al comprarlo estamos promoviendo el enriquecimiento de grandes empresas globales que en última instancia desconocemos, ayudándolas con nuestra acción a dar continuidad a sus estructuras verticales de poder. Y por último y lo más importante, simplemente es porque no necesitamos acumular esos tetrabriks de más de la oferta, productos que muchas veces acumulamos desordenadamente en nuestras alacenas y acaban en el cubo de basura al cabo del tiempo.

Despertar al hecho de que no necesitamos tres envases de tomate es vivir saludablemente, es decir, aquí y ahora, sin anticiparnos al futuro. Ya hemos comprendido (o recordado) que en la vida original no hay escasez alguna, ya que todo es en/por sí mismo. La acumulación solo responde a decisiones basadas en nuestras propias creencia de escasez, grabadas en nuestro ADN, gracias a los mensajes de las instituciones globalistas que son parte interesada de su ecuación. Una vez que despertamos de este sometimiento, una claridad nueva nos insta a comprometernos honradamente con la vida siendo coherentes con lo que sabemos: que un par de tomates locales que puedo freír en 10 minutos que tenga libres, son más que suficientes.

La opción B o intermedia es la más cómoda de todas. No solo porque supone que bajamos al supermercado local de la esquina, sino porque al hacerlo nos quedamos tranquilos pensando que, después de todo, no lo hemos hecho mal. Esta ambigüedad de saber lo que es más saludable pero no hacerlo, justificándolo convenientemente, es la más peligrosa porque nos acomoda en rutinas en apariencia saludables, hasta hacernos perezosos. Sin embargo, la pereza es uno de los pecados capitales: es negligencia, e implica el descuido de lo que un@ debe o necesita hacer (es decir, aunque uno sabe no actúa en coherencia conforme a lo que sabe).

Aparentemente podemos tener buenas excusas para comportarnos de esta forma: el tomate se vende en un negocio local (ojo, aunque este pertenezca a una empresa familiar, desconocemos sus miembros, alianzas y actividades. Además puede que tenga copado el mercado local, o/e imponga unas condiciones laborales un tanto escasas a sus empleados). El establecimiento es vecino, nos decimos, y por tanto el gasto en carburante, si lo hubiera, es mínimo (aunque en las estanterías del establecimiento no hay solo

productos locales, sino otros muchos que provienen de lugares remotos, que además entran en directa competencia con los productos del mercado local, si los hubiera, reduciendo su valor y precio). En adición, nos decimos, solo vamos a comprar una lata de tomate triturado (la que, por cierto, viene en un envase poco sostenible y altamente contaminante, cuyo producto necesita aderezarse de una serie de químicos para conservarse, de los que desconocemos sus efectos en la salud a largo plazo). Por último, a nadie se nos escapa que muchas veces lo que sobra de la lata de tomate acaba en la basura, pues una vez abierto el producto, el mismo productor aconseja (en apariencia preocupado por nuestra salud) no conservarla abierta mucho más tiempo en nuestro frigorífico.

Sin embargo, si somos honestos con nosotros mismos, diremos que la opción C es la más coherente, porque a nadie se nos escapa que al escogerla estamos cooperando al máximo con nuestra comunidad: ayudamos a una familia del barrio a criar a sus hijos, a los que probablemente conozcamos o conozcan nuestros hijos. También estamos adquiriendo un producto natural, no elaborado, de un productor local cuya tierra podríamos visitar algún día si así lo deseamos, porque nos queda cerca. Además, esta opción nos permite cocinar, es decir, preparar el alimento a nuestro gusto, con nuestra receta (tal vez la de la abuela, un saber, el de nuestros ancestros, y una memoria, que contribuimos a mantener viva trasmitiéndola a nuestros hijos, si los tenemos) y en la cantidad que necesitamos, sin dejar restos para la basura, a la vez que alimentamos de forma sana también a nuestros seres queridos. A fin de cuentas sabemos que esta opción es la decisión más simple (y consciente), del mismo modo la más saludable, puesto que nuestro bienestar incluye el bienestar de aquellos que nos rodean (y así a que el organismo del que somos parte, puede seguir funcionando).

De ahí que esta elección sea la que promueve mayor abundancia en nuestras vidas, pues deja claramente atrás ese sentido perverso de acumulación que nos ha venido construyendo y sometiendo por siglos. Al tomar esta elección no replicamos una imagen de escasez de nosotros mismos, ni de la vida, sino que vivimos enraizados aquí y ahora, sin anticipaciones ni obsesiones, sabiendo que lo importante es siempre lo necesario, y que lo necesario es cooperar, con cada una de nuestras decisiones, en el cuidado y la continuidad de la vida.

Lo hacemos atendiendo cuidadosamente a lo que tenemos más cerca de nosotros: nuestra persona, familia y comunidad, para acabar abrazando todo lo que nos rodea, pues el movimiento que ha desencadenado nuestra acción se trasmite como el de una onda incesante y eterna, al resto de elementos. El sentido es siempre el mismo: desde lo pequeño y cercano alimentamos lo grande y lo universal, porque la tierra (y sus criaturas) llevamos dentro la luz del cosmos. Y ese es nuestro único derecho y deber como seres humanos: el de ser guardianes de lo que nos rodea partiendo de nosotros mismos, que es lo que tenemos a mano, para que la vida siga brillando. Ni más ni menos. Ni uno ni lo otro sino el camino de en medio, la integración de los opuestos: es decir, solo lo suficiente, lo justo.

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